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Una reciente investigación publicada en la Cell Metabolism Magazine avisa de los inconvenientes de comer a deshoras.

Según los investigadores limitar la ingesta a un periodo de entre 8 y 12 horas al día mantiene la obesidad, el colesterol y la diabetes a raya.

La investigación llevada a cabo con ratones por el profesor Satchidananada Panda del instituto Salk utilizó a un grupo de 400 ratones a los que se sometió a varias dietas distintas e inapropiadas, altas en grasas y azúcares con diferentes restricciones de tiempo.

Los ratones con limitaciones alimenticias de entre 8 y 12 horas durante la noche, periodo de actividad habitual de los roedores, ganaron menos peso y tenían menos grasa corporal que el grupo de control al que se le administró el mismo número de calorías sin restricción horaria, es decir, a cualquier hora del día.

Interesante saber que a los ratones con restricciones horarias se les levantó la restricción durante los fines de semana, permitiendo que comiesen cuando quisieran, con resultados positivos.

Los beneficios de la costumbre tradicional de ajustarse a un horario determinado para ingerir alimentos parecen quedar confirmados.

Nuestro reloj interior exige una ingesta ordenada junto con periodos de ayuno. Comiendo a cualquier hora el reloj de nuestro organismo no se sincroniza adecuadamente y éste puede dejar de identificar la noche con el ayuno y el día con la ingesta, mal interpretando el ritmo circadiano natural.

La capacidad del organismo de metabolizar un mismo alimento varía según el tipo de hormonas que estén activas en los momentos de la ingesta.

Por la mañana nuestra capacidad de metabolizar los azúcares es muy superior porque la insulina funciona mejor que por la noche, cuando por el contrario sube la melatonina y se produce una mayor intolerancia a la glucosa.

Según la Doctora Marta Garaulet, almorzar antes de las 3 de la tarde ayuda a perder más peso que si almorzamos después.

El trabajo publicado por la investigadora es interesantísimo, estudió a 32 mujeres sanas de una media de 23 años a las que se alimentó con una dieta mediterránea de 2200 calorías, durante una semana a las 13 horas y la siguiente semana a las 16:30, con una semana comiendo tarde se observaron alteraciones metabólicas como menor gasto energético en reposo, alteración de los ritmos de temperatura asociados con obesidad, alteración de los ritmos de cortisol similares a los producidos por el estrés e intolerancia a los carbohidratos.

Estos resultados coinciden con los de la universidad de Tel Aviv publicados en Steroids, que mostraron que la primera comida del día provee de energía para realizar los trabajos de la jornada laboral, mejora el funcionamiento del cerebro y pone en marcha el metabolismo de nuestro organismo que resulta fundamental para controlar el peso.

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