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La Hoodia es un cactus de la familia Asclepiadaceae. Hoodia gordonii, es un cactus nativo del desierto del Kalahari sudafricano y utilizado durante cientos de años por los indígenas "bosquinamos" para quitar el hambre durante sus largos viajes y cacerías. Este descubrimiento ha hecho que actualmente se esté aplicando como coadyuvante en dietas de adelgazamiento y como remedio para luchar contra la obesidad.

Efectos de la Hoodia gordonii

Según el Dr. Richard Dixey, el hipotálamo es el órgano afectado por la molécula activa de la Hoodia gordonii. Esta, actúa mimetizando la acción de la glucosa (según parece con una acción 10000 veces mayor) en las células nerviosas del cerebro. Engaña al cerebro haciéndonos creer que estamos llenos, por lo que suprime el apetito.

Los primeros ensayos con animales, se realizaron con ratas porque son animales que comen cualquier cosa. Cuando se les alimentaba con Hoodia gordoni, paraban de comer totalmente.

En el primer ensayo clínico humano realizado, se incluyeron voluntarios con obesidad mórbida en la Fase I. Se dividen en dos grupos, uno placebo y otro tratado con Hoodia. En 15 días el grupo de Hoodia había reducido su ingesta calórica 1000 kcal al día y sin sufrir ningún efecto perjudicial.

Mecanismo del Hambre

El hambre es equivalente a la sed en cuanto a que es un impulso que puede ser reducido por una conducta apropiada, que en este caso sería buscar alimentos y comer. Necesitamos una cierta ingesta de alimentos para cubrir nuestros requerimientos diarios de energía y de los materiales necesarios para el crecimiento y reparación de nuestros tejidos. Si la ingesta es muy elevada engordamos y si es baja adelgazamos. Hay, obviamente, un mecanismo que determina de alguna forma cuanto necesitamos comer.

En experimentos con animales, se ha encontrado que intervienen áreas del hipotálamo. Si en estos experimentos se anula un área llamada núcleo ventromedial, los animales terminan comiendo y tragando todo alimento apetitoso que se coloque delante de ellos, pero a la vez no muestran ninguno de los otros signos de la conducta del hambriento. No buscan alimentos ni comen más de lo que hacían antes, después de hacerles pasar hambre. Esta área parece ser el centro de control del impulso de comer respecto a la disponibilidad de alimentos, no respecto a las necesidades calóricas del organismo.

Un área cercana denominada el hipotálamo lateral produce, al ser estimulada, los signos del hambre, incluso en los animales saciados. Comen como si estuviesen muriendo de hambre, engullendo incluso alimentos no apetitosos y bebiendo hasta engordar. Parece ser que el hambre es controlada por un equilibrio entre mensajes del núcleo ventromedial y del hipotálamo lateral.

Para prevenir la ingesta excesiva de alimentos hay señales de la boca y del estómago que rápidamente reducen el hambre. La simple distensión del estómago con un balón reduce el hambre pero no tanto como cuando se distiendo por los alimentos. La comida tomada por la boca es más efectiva que la introducida directamente en el estómago.

El nivel de glucosa en la sangre el el factor principal que controla el hambre.

La insulina es una hormona que se genera en el páncreas. La glucosa de la sangre estimula la producción de insulina en las células beta del páncreas. El cuerpo la utiliza para mantener estable el nivel de glucosa en la sangre. Su misión, entre otras cosas, es hacer que las células del cuerpo admitan en su interior y procesen la glucosa que les llega con la sangre, con lo que ésta pasa de la sangre a las células. También tiene que ver con la transformación de la glucosa que no puede ser almacenada en las células, en grasas (triglicéridos, colesterol, etc.) que luego se almacenan. Por último tiene también mucho que ver con los niveles de otra hormona serotonina, que es la responsable de emitir la sensación de saciedad.

Cuando desciende el nivel de azúcar en la sangre, se siente hambre y entonces se come. La glucosa, es decir azúcar ó alimentos capaces de transformarse rápidamente en glucosa, pasa al torrente sanguíneo. El páncreas genera la cantidad de insulina necesaria para que dicha glucosa pase a las células y el nivel de insulina va decreciendo. A medida que decrece, se eleva el nivel de serotonina, con lo que se dispara la sensación de saciedad, se deja de comer y el cuerpo recupera su equilibrio.

Este hecho tiene una base científica. La ingesta de hidratos de carbono aumenta la síntesis de serotonina cerebral por medio de una reducción mediada con insulina en los niveles plasmáticos de aminoácidos neutros que compiten de forma natural con el triptófano, precursor de la serotonina, para el transporte mediado por receptores a través de la barrera hematoencefálica. De esta manera se incrementa la captación cerebral de triptófano y la síntesis de la serotonina, reduciendo el apetito.

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